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¿Qué es La Estación Prohibida?



Te presento una forma diferente de invertir esos pocos minutos que, tal vez, se pierdan a lo largo del día, para leer algo más, diferente o no, original o no, de tu gusto o no; detente un instante y lee; quizás regreses.





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Cuando el dolor no se redime

Se puede permanecer estático, detenido en el espacio y el tiempo, reteniendo el último instante de la memoria, el último momento vivido, sosteniendo en la palma de la mano el último aroma del viento, descartando de modo inmediato cualquier recuerdo que no pertenezca al ahora. Sólo entonces podremos ser conscientes del presente que nos deja, la luz que cambia, el tiempo que no regresará, que llevará nuestro nombre como dueños del instante vivido, de las palabras calladas y los silencios permitidos. La distancia nos mostrará bajo el pesar progresivo lo que hicimos mal y lo que dejamos de hacer, las distancias que no salvamos y los perdones que no nos dimos, alejando el retrato agradable del ayer e invitando a ese extraño compañero de rutina, esa negación inoportuna siempre de lo que ya se sabe, el dolor sin cura de saber que se ha perdido por no apostar al número deseado y convenir con la conciencia que es mejor conservar el rédito de la cobardía que perder lo que no te pertenece.

En la torre de la ciudad

El tiempo sucedía inevitablemente. Aunque pretendiera retenerse no había sido concebido para poseerlo, detenerlo o ni tan siquiera acariciarlo. Estaba siempre por delante del resto, rápido, fugaz. La única opción era el recuerdo, vivir en la añoranza, en lo perdido, en lo que fue. Pero nada ni nadie podía garantizar que de este modo se recuperara una mínima parte de lo gozado; si se regresara tal vez nadie se reconocería, habrían cambiado los tiempos, los instantes, no se corresponderían las calles, los vientos, la gente que las habita. Cualquier esquina, cualquier banco, nada respondería a los recuerdos perseguidos en los sueños. No se tendría más que la constatación de la ausencia misma. Y esta única verdad posiblemente fuera demasiado cruel, demasiado letal para el ser humano. La solución radicaba en comprender la trascendencia del ser humano, el saberse mero trámite entre el de dónde y el adónde, entre el antes y el después, entre el aquí y el más allá. Saber que lo perdido solo fue el reflejo de lo que ha de venir, que lo añorado es la antesala de lo que está por llegar.

Antes de cenar

No es la rutina
ni lo mecánico;
no es la repetición diaria
de lo que se ha hecho antes
ni tampoco la copia inexacta
de lo que no se olvida.

No es la misma verdad
pronunciada dos veces,
ni el estribillo cuadrado
que se vende eterno;
no es lo que fue
ni tampoco (lugar común)
lo que siempre será.

Es saberse dos,
tan solo y nada más que eso,
dos que son uno,
sin tú ni yo, nosotros,
infinito espejo del día,
sin nadie,
               sin miedo,
                                sin adiós.

Lo que escondías en la pared

recordando a Carles Pons (1955-1999)

Andaba buscando entre los huecos de las paredes, quebradas por el paso del tiempo, la humedad y los silencios, como si esperara encontrar algún tesoro o más bien un secreto escondido entre lo coloquial, lo mundano, una simple pared de ladrillo rojo que ocultaba, entre uno y otro, comunes huecos llenos de polvo. Los que le conocían le preguntaban a menudo que qué buscaba, qué pretendía hallar donde nadie escondería nada. Él, ajeno a los comentarios sobre su posible locura, se empeñaba en encontrar un trocito de algo que le devolviera la vida. La vieja tradición del lugar contaba que a comienzos del siglo XVI las mujeres solteras, quienes bajo pena de muerte tenían prohibido conversar con varones sin la presencia de sus padres, acostumbraban a esconder en los huecos de las paredes pequeñas cartas de amor sin firmar. El amado solo podía reconocer si era el destinatario y si era la joven deseada quien se lo escribía si conocía el meticuloso procedimiento de correspondencia. Cada agujero de la pared correspondía a una letra exacta del abecedario según su posición; en la línea horizontal se disponía la inicial del hombre y en la vertical la de la mujer; solo había que recorrer las dos líneas y hallar el agujero en que se unían para corroborar si su amor era correspondido. Pero a medida que el tiempo avanzaba y la costumbre se extendía las paredes de las calles más concurridas necesitaron de un mayor volumen de orificios, llegando a poner en serio peligro la propia salud que las casas que sujetaban. Pasados unos siglos el viejo del patio 64 seguía buscando en la paredes un minúsculo pedacito de papel, la inmensidad eterna de sentirse amado.

Siempre nos quedará París

Qué dirás
si no se detiene el tiempo
ni tampoco el viento que sopla,
si la lluvia
no cesa siquiera por nosotros
aquí, tímidos entre la tarde
que de nuevo se hace noche.

Qué dirás
en el silencio de Montmartre
entre el tumulto resguardado
mientras contemplamos, hoy,
las luces, una a una,
prendidas como mechas
por cualquier pintor de lienzos.

Qué dirás
ahora, cuando a lo lejos,
desde lo alto,
protagonista involuntaria de esta historia,
presidiendo el horizonte oscuro
sonríe la señorita Eiffel
sabiendo de nuestros secretos.

Qué dirás, dime,
qué dirás,
bajo la luz
en la ciudad de la luz
cuando la luz se va
y las luces llegan,
sin sombras que nos apaguen
ni miedos que nos maldigan,
junto a este aro de metal,
solos,
tú y yo,
nosotros tal vez para siempre.


Si no sucede

Si no sucede, entre la noche
o en medio del espesor de la niebla
abriéndose paso, lento, tardo
quien camina casi ciego
tropezando inconsciente
en el vacío que se brinda.

Si no sucede, después,
cuando el tiempo y la espera
realizan un pacto infinito
y es la rima quien al verso busca,
incansable, como la luna
presumida huyendo del sol.

Si no sucede, así, digamos
como se sueña
en el preciso instante
en el lugar exacto,
es porque, pese a todo,
no debe suceder.

Armas de compasión masiva

La acción precisará de dos componentes humanos para poder llevarse a cabo. Pese a existir variantes que implican la participación de un número mayor, se aconseja, para su total seguridad, seguir las instrucciones que a continuación se le indican. Recuerde de igual modo que el ejercicio no puede realizarse, bajo ningún concepto, de modo individual. Colóquese de pie, enfrentado a su igual, estableciendo contacto visual a una distancia aproximada de 20 centímetros. Sus propias piernas y pies deberán permanecer juntos en el instante inicial. Disponga los brazos completamente abiertos, formando un ángulo de 90º cada uno de ellos con la perpendicular al suelo de su tronco, en dirección opuesta, quedando el cuerpo en forma de cruz. Extienda a continuación los dedos de las manos disponiendo sus respectivas palmas abiertas enfrentadas con las de su semejante. Para comprobar que la ejecución del ejercicio se está realizando correctamente compruebe que ambos quedan dispuestos exactamente igual como si se tratase de un espejo. En caso de no corresponder su imagen con lo reflejado repita el ejercicio hasta conseguir la posición indicada. Ladee su tronco levemente hacia la izquierda unos 25º aproximadamente. Este mismo proceso deberá realizarlo su semejante hacia su respectivo lado izquierdo, distanciándose proporcionalmente sus miradas y disponiendo la perpendicular corporal ahora convertida en diagonal. Dé un paso al frente de la misma longitud que el de su semejante y al mismo tiempo, juntando sin ejercer ningún tipo de presión los pechos de ambos. Coloque con suavidad su cabeza en el espacio restante entre el cuello y el hombro de su compañero que hallará sin dificultad, rodee con su brazo izquierdo la espalda de su semejante hacia arriba e igualmente con su brazo derecho en dirección opuesta. De modo coordinado el segundo componente humano deberá realizar los mismos pasos. En el caso de enfrentarse a un rival de mayor estatura se aconseja levantar levemente las puntas de los pies y descansar sobre estas el peso. Igualmente si se tratara de una estatura menor se recomienda que incline su tronco levemente hacia delante. Una vez encajados los dos cuerpos a modo de puzzle presione levemente con sus brazos a su oponente y, según la confianza y de modo optativo, inflíjale entre dos o tres leves palmadas en su espalda. La duración puede variar entre 1 y 6 segundos aproximadamente, según el grado de confianza, cariño o extrañamiento. Una vez terminado el proceso abra de nuevo sus brazos y sepárese a velocidad pausada de su opuesto. Esta actividad es comúnmente conocida como abrazar o dar abrazos. Realice la acción tantas veces como desee.

Si no hay después ni hubo entonces

Si se extraña
no es por placer
ni por brindar al alma
versos perdidos, metáforas
que se creyeron nunca escritas;
si se extraña
no es por la necesidad última
de prestar a un rostro la excusa
de no sentirse contemplado
y en la sombra de un recuerdo
esconderse entre el olvido;
si se extraña
no es por uno o por el otro
ni tampoco por la pérdida infinita
de lo que nunca se ha poseído,
miradas esquivas, cuerpos ajenos
que se ansían en la distancia
y cuando estuvieron cerca
nunca se acercaron;
si se extraña,
(si se te extraña),
es por la obviedad única de cada verso
que nunca se escondió:
poder reflejarse en el otro,
saberse uno aun siendo dos,
tenerse al lado en la distancia
y presente en lo que fue ayer;
dormir sin ti,
soñar contigo.

Todavía, aún más si cabe

Podríamos haber esperado a que el tiempo nos indicara las directrices que precisaba nuestro destino; sin embargo, precipitados como la gente joven que actúa vehemente ante el peligro, nos zambullimos en un pozo sin fondo y, cansados de mantenernos a flote, comenzamos a gritar desesperados pidiendo auxilio. El tiempo permanecía callado; al igual que lo había hecho antes de ceder ante el error no emitía ninguna señal de socorro, mientras los dos apenas aguantábamos el dolor en nuestro cuerpo. Pasadas unas horas los músculos de piernas y brazos empezaban a agarrotarse y nuestra capacidad de flotar quedaba en entredicho. Nos mirábamos aterrados entendiendo que aquello era el final de un largo viaje, un lugar común del que, aun conocido, nunca creímos poder ser protagonistas. Nos hallábamos en medio de la tempestad con las velas ajadas y el timón quebrado, esclavos del azar maldito de las olas y el capricho de los islotes que asomaban entre las aguas embravecidas. La tormenta rugía sobre nuestras cabezas y la oscuridad de la noche acentuaba el blanco de los ojos. Ambos intentamos hablarnos pero el viento se llevó nuestras palabras como se lleva las hojas caídas cuando el silencio llega. Solo nos quedaban nuestros ojos que a duras penas aguantaban abiertos. – Todo llega a su fin– pensé. Y pese a todo la luna no nos engañaba cuando, en medio del vacío, apareció como si nada.

Miedo, pánico, pavor

Si se perdieran los caprichos
nadie los extrañaría
porque nunca fueron necesidad;
nadie preguntaría desde el anonimato
quién estaba jugando a esconderlos,
detrás de las cortinas
o en las sombras
o en el olvido
o alejados del reflejo de los espejos;
si se perdieran
cualquier ser enajenado
inventaría irremediablemente otros.

Cuenta la leyenda que en el bosque, cuando solo la luna alumbra deslizándose entre los árboles oscuros, ante las pisadas tímidas sobre el manto de hojarasca y el silencio temeroso del viento, agitando las débiles ramas que forcejean contra sus troncos, se escucha, si se cierran los ojos, el grito de un niño atemorizado que viene desde atrás y se calla a lo lejos.

Si se perdieran las desgracias
hasta el último inconsciente se alegraría
y, sin embargo, sin espera
otra desgracia vendría entonces,
peor que la anterior
mejor tal vez
pero desgracia al fin y al cabo,
para mordernos la esperanza
y tentar a la locura que, dormida,
aguardaría al aullido del miedo
en cuanto, inocentes,
perdiéramos de vista al demonio.

Cuenta la leyenda que en el bosque, cuando solo la luna alumbra sobre los árboles todos y sus sombras se prolongan infinitas sobre el sendero incierto, formando figuras monstruosas y extrañas líneas sin fin que se pierden a lo lejos, en la oscuridad que se aproxima a lo lejos a cada paso dado, se ve, si se tapan lo oídos, la sombra rápida y fugaz de un niño que pasa a nuestro lado.

Si se perdieran los temores
hasta el más valiente sonreiría
y correría veloz a proclamar
que ya nada teme;
pero por más que resistiera
amaría de nuevo, y a perder
temería más que a nada
volviendo de nuevo su miedo,
pues cuando se ama
a perder siempre se teme
y quien no ama
ni vive, ni teme y ya se ha perdido.

Cuenta la leyenda que en el bosque, cuando solo la luna alumbra…

Nunca jamás

a la  señorita que se va
No exculpemos al destino
del sendero que presenta caprichoso
ni tampoco al viento que vendrá
a traer los aromas que se pierden
leves, opacos, fugaces,
a cada instante en que inconscientes
creeremos habernos olvidado.

No extirpemos los segundos sentidos
allanando en exceso el lenguaje
en cada verso que se nos escapa
ni tampoco el dolor que mitigamos
cuando al apartarse
una mirada de la otra, se entristece
algún gesto en nuestro rostro.

No aprendamos siempre del error
y cedamos dulcemente ante el impulso
de sabernos exactos, precisos
en el tiempo que acontece junto al otro
cuando en la despedida última
se digan adiós las voces
que no se dejaron escuchar antes.

Recordemos, siempre,
que existimos en un tiempo para el otro,
y ante todo permitamos
al sueño que algún día
pueda en recuerdo convertirse,
que aquel beso finito
dejemos de soñarlo y recordemos
lo que nunca fue, lo que no será:

la historia de amor
entre un cuerpo y una sombra
que nunca, extrañamente,
lograron encontrarse.

Terpsícore

No son distancias en la memoria
ni exabruptos en la mirada lo que,
mentirosos siempre,
proponemos obstinados
cuando se conoce irremediable
la bifurcación del camino.

Ahí, delante,
como quien danza sin fin y
en la espera eterna a detenerse
se obtiene tan solo y sin razón
la respuesta inesperada
a lo que no se ha preguntado.

Y a la musa no se la busca
sino que por musa es quien te encuentra,
finito absurdo
que a la distancia, tan cercana, impondrá
el olvido a cada verso
y el silencio a lo que escribo.

Pero no se leerán las excusas
ni perpetrará en el recuerdo su perdón porque
cobarde, maltrecha y olvidada
seguirá mi alma su sendero
sin que dediques tan siquiera un instante
a entender qué es mentira o qué es verdad.

En la estación



Eran las nueve y diecisiete minutos de la noche. Ligunod esperaba el primer viernes de cada mes al tren de las nueve y media. Aguardaba a las puertas del claro edificio modernista que albergaba el ruido de los trenes y daba cobijo, los raros días de lluvia, a tanto pasajero sin paraguas. La estación se había visto profanada por otro edificio de retales que presumía de acoger a los mejores visitantes procedentes de la capital, sin embargo la primera recogía a cada pasajero diario de los municipios cercanos, como un pequeño barrio en el que cada mañana se veían las mismas caras hasta la tarde, hasta la noche, cuando se volvían a encontrar. Estos caminaban más tranquilos, presos de la mecánica rutina que les gobernaba cada semana, ajenos a la maldita suerte que les podía señalar, un azar caprichoso y aleatorio que escogía su destino sin seguir ningún parámetro preestablecido.
El tren llegaba puntual. Un hombre con la camisa blanca saludaba desde el exterior al conductor con el brazo en alto y este le respondía agachando la cabeza; las puertas se abrieron entonces y del interior salieron a borbotones todos los pasajeros. El ejecutivo de traje azul marino y paso acelerado; decenas de universitarios con maletas y auriculares; jóvenes mujeres con sus libros digitales y no tan jóvenes con sus libros no tan modernos; el niño que lloraba y el padre que le hacía llorar más aún; el abuelo con la mochila de la nieta y la nieta con la mochila de la muñeca. Ligunod les observaba sonriendo, protegido detrás del periódico del viernes. El paro, la situación económica y la clase política ligada a la corrupción y el fraude se habían convertido en los últimos años en las mayores preocupaciones de los ciudadanos según podía leerse en el rotativo. Ansiaba alcanzar la tercera plaza al menos en aquellos alrededores; sentirse una verdadera preocupación para aquellos que le rodeaban. Ahora apenas llegaba a significar el más mínimo peligro para el transeúnte común.
La función estaba a punto de comenzar y sus pulsaciones se habían acelerado un poco más que de costumbre. El clima era deliciosamente adictivo para degustar los aromas que desprendía la gente; por contra le provocaba un sudor incesante en las manos obligándole a secárselas constantemente. Vestía unos vaqueros negros ajustados y unos zapatos del mismo color. Una cazadora blanca escondía una camisa de lino roja y portaba sobre el hombro derecho una mochila beige con detalles en rojo granate donde guardaba los instrumentos necesarios para el espectáculo: cinta de carrocero, dos metros de cuerda, alcohol etílico, un frasco con cloroformo, vendas, algodón, dos bisturís, hilo de sutura, aguja, un pequeño serrucho y un cuchillo lenticular. Las armas de gran tamaño nunca habían sido de su agrado, ni siguiera los cuchillos de cocina para poder defenderse cuando la presa se resistía o se veía en peligro; tan solo las hachas gozaban de su predilección, aunque por desgracia eran excesivamente grandes para transportarlas consigo y cualquier método empleado para ocultarlas de nada serviría.
El proceso era sencillo. Seleccionaría a su víctima al azar de entre todos los pasajeros que bajaran del tren, preferentemente que fuera sola y la seguiría hasta la salida; si tomaba un taxi o bajaba a la estación de metro proseguiría con la búsqueda; si por contra comenzaba a caminar continuaría hasta donde el destino les llevara, una calle cualquiera, un portal, el semáforo eterno. Y así sucedería aquel primer viernes de mes. Ligunod se fijó en una mujer de unos cuarenta y pocos años y la siguió disimuladamente hasta la salida como si fuera un pasajero más del tren. Ella se detuvo en las enormes puertas y observó a derecha e izquierda como si esperara a alguien, se encendió un cigarrillo y sacó su móvil; entonces él apresuradamente metió la mano en el interior de la mochila, sacó una cajetilla de tabaco y se acercó a ella.
–Disculpe –dijo– ¿tiene fuego?
Y tal como ella le acercaba su encendedor él sacó de la cajetilla una venda bañada en cloroformo que le empujó contra la boca mientras sujetaba con la otra mano su nuca. Al instante yacía sobre sus brazos.
Un taxista que había presenciado algo extraño se les acercó entonces con tono preocupado.
–¿Necesitan ayuda? –preguntó.
–Si fuera tan amable, le agradecería que nos acercara al hospital. Me temo que mi esposa ha sufrido un desmayo –contestó.
–Cómo no, caballero –dijo– ¿qué hospital?
–El Dr. Peset –dijo.
Haber alquilado un piso junto al hospital había sido la mejor ocurrencia para borrar todo rastro. Si alguien pudiera sospechar solo podría llegar hasta la Avenida Gaspar Aguilar y allí le perdería la pista. Al llegar pagó al taxista y fue caminando hasta la calle Gaspar Torrella. El bar que hacía casi esquina estaba aún abierto pero apenas se escuchaba ninguna voz. Abrió la puerta del patio y subió con las fuerzas que le restaban los seis escalones hasta llegar al ascensor.
Nunca se había considerado un asesino. Sus conocimientos sobre medicina y la afición a la taxidermia que le había infundido su padre le proporcionaron desde joven los recursos necesarios para hacer del arte su profesión y de la muerte una nueva concepción del mismo. No lograba entender ese empeño del artista por experimentar con toda clase de materiales para conseguir la textura, sensación y realismo máximo en una escultura, sobre todo cuando cualquier cuerpo muerto y bien tratado era mucho más útil y maleable para crear la pieza perfecta. No acostumbraba a conservar sus víctimas más de tres o cuatro días, antes de que el hedor comenzara a apoderarse del aire. Cortaba con su serrucho las partes que necesitaba para retratar la escena, las limpiaba con esmero y las colocaba cuidadosamente en el bodegón único que acontecía. Se servía de frutas y piezas de vajilla para decorar el instante; relojes, telas y algún que otro espejo siempre le brindaban una dimensión extraordinaria. Cuando todo estaba listo sacaba el trípode y la cámara y, tras regular la luz del salón, realizaba una única fotografía.
La larga cabellera de la mujer caía suavemente como mantel sobre la mesa hasta la cabeza que posaba sobre el frutero junto a un racimo de uvas y dos rojizas manzanas. Los brazos cruzados figuraban frente a un espejo con el azogue deteriorado. Una pluma vieja y un tintero volcado sobre un papel presidían la composición en primer orden. Ligunod sonrió y comenzó a llorar al instante; jamás había conseguido retratar la muerte tan reciente, crear de la muerte tanta vida. Recordaba aquellos años de facultad en que un amigo becario de anatomía forense le permitía entrar de noche en la facultad para retratar los cuerpos en formol tan vacíos de vida, pero nunca antes la escena había sido tan real. En cualquier levantamiento de cadáver de los que había podido presenciar no le estaba permitido mover un cabello siquiera antes de que se practicase la autopsia. Se limitaba a fotografiar la escena sin que se pudiera percibir diferencia alguna con otra fotografía de prensa al azar. Aquel viernes se presentó diferente; era el principio del resto de su vida.

*         *          *

Las semanas siguientes no habían transcurrido indiferentes a los sucesos acaecidos. Los medios de comunicación nacionales se habían hecho eco del terrible asesinato: –Aparece el cuerpo de una mujer sin vida en la calle sin cabeza ni brazos –escribían unos–. ¡La Venus real! –titulaban otros. La noticia había corrido como la pólvora en las redes sociales y las cabezas de políticos de turno y protagonistas del corazón aparecían de inmediato sobre el cuerpo de la víctima en todo tipo de fotomontaje. Todo parecía como si se hubiera convertido en objeto de burla. La siguiente víctima prometía sin embargo una reacción más prudente. Ya era viernes de nuevo.
El tren de las nueve y media llegaba con siete minutos de retraso. Un anciano con pantalones de pana verdes y chaqueta marrón de paño se presentaba como elección idónea. Haría más ruido un debate sobre el peligro que acechaba a los mayores indefensos; sin embargo a los pocos pasos de salir de la estación una niña se le abalanzó seguida de la que parecía ser su madre. Ligunod se estaba lamentando de su mala suerte cuando de repente escuchó la voz de un joven: <<Scusi, dov’è la piazza del Ayuntiamento?>>. Minutos más tarde su cuerpo descansaba ignorante en la parte trasera de un taxi dirección a una muerte segura.
Sobre una pared blanca se proyectaba de cerca la luz de un intenso foco, quedando una sombra casi negra alrededor del círculo iluminado. Tres enormes ganchos sobresalían de la pared formando un triángulo isósceles invertido y un letrero sobre una tablilla de madera coronaba simétricamente el espacio. <<INRI>> podía leerse en él. Ligunod alzó el tronco del cuerpo y lo colgó sobre los ganchos, encendió su cámara y tomó de nuevo una sola fotografía.
A la mañana siguiente la Gran Vía Ramón y Cajal en dirección hacia el centro de la ciudad amanecía cortada. Cada quince metros exactos se habían ido encontrando los restos del cuerpo de un varón de unos veinte años; cabeza, manos y brazos, piernas y pies, pero sin rastro alguno del tronco. Rápidamente todos asociaron el asesinato con el que había sucedido justo un mes antes. No apareció ninguna broma al respecto en las redes sociales. Se respiraba un ambiente de preocupación constante; madres y padres alarmados prohibían a sus hijos salir de noche; pocos eran los comerciantes que se atrevían a cerrar sus establecimientos sin estar acompañados; los negocios nocturnos comenzaban a resentirse y todos desconfiaban de cualquier desconocido. Las autoridades policiales proseguían una búsqueda arbitraria después de haber analizado a las dos víctimas. No tenían ningún punto en común más allá de haber estado un viernes primero de mes en el lugar equivocado. De nada les servía cotejar las pocas pruebas existentes. Las disecciones se habían realizado con un serrucho y los extremos cosidos con precisión con hilo de sutura y limpiados con alcohol etílico. En el varón se hallaron restos de cloroformo en boca y nariz. La mujer se dirigía a su casa como cada día de lunes a viernes después de trabajar. El varón era un joven turista de nacionalidad italiana. El criminal posiblemente dormía a sus víctimas con cloroformo y las llevaba a algún lugar cerrado donde poder cometer los asesinatos. Ninguna pista significativa.
Ligunod acostumbraba a revelar sus fotografías en la misma tienda desde hacía años. Animales de laboratorio, muertos en féretros y algún que otro cuerpo cosido por todas partes formaban el elenco particular de su obra; ahora el cambio había sido sustancial y posiblemente se vería obligado a cambiar de tienda. Le gustaba cómo trabajaba aquel viejo. Las impresiones de sus fotografías en 50 x 70 cm. eran lo mejor que había visto en la ciudad además de gozar de pequeños descuentos. Temía que pudiera descubrirle después de las coincidencias entre las partes que faltaban en las víctimas y las que se habían fotografiado. Era cuestión de tiempo que relacionara cada parte y entonces tendría que asesinarle necesariamente; pero él no era un asesino, sino un artista. Fue a recoger su último encargo y despedirse.
–Hola viejo amigo –dijo el viejo–. Veo que has mejorado mucho.
–Gracias, es un halago viniendo de un profesional como tú –contestó.
–Ahora mismo te saco lo tuyo; he de preguntarte antes de que te vayas algo muy importante. Espérame que saque las fotografías y te lo comento –dijo.
Ligunod comenzó a inquietarse; sus pulsaciones se aceleraban a medida que respiraba cada vez más rápido. Debía serenarse y decidir qué hacer con aquella situación que se le estaba escapando de las manos. Sin lugar a dudas el viejo intuía algo y su libertad corría peligro. No tenía su mochila ni ninguno de los instrumentos que allí guardaba. Debería abalanzarse sobre el viejo y luchar cuerpo a cuerpo.
–Una exposición –dijo.
–¿Cómo? –preguntó Ligunod extrañado.
–Tengo un colega que maneja diferentes exposiciones en la ciudad. En tres meses coordina una exposición de fotografía en la Estación del Norte. Creo que andaba buscando nuevos talentos y sin duda tú podrías exponer si tuvieras alguna más de estas –dijo.
–¿Cuántas necesitas? –preguntó exultante Ligunod.
–Veo que te dejas seducir rápidamente –bromeó–; con tres más será suficiente. Es una exposición colectiva; se suelen presentar cinco obras de cada autor como máximo; si el espacio no lo permite luego podemos eliminar alguna.
–Que así sea. En tres meses tendrás las cinco –concluyó.
Ligunod no podía creerlo. En tres meses estaría exponiendo en el origen de su obra, la estación de tren donde escogía a sus víctimas. Toda obra de arte precisaba del público y la suya siempre se había quedado escondida. Era la oportunidad de su vida y la culminación de un trabajo perfecto.

*          *          *

Se había dejado embaucar por la astucia del viejo. No sabía ni tan siquiera el nombre del encargado de la exposición ni cómo le presentaría sus obras o si tendría su aprobación final. Tal vez el viejo había descubierto de quién se trataba y le había delatado a la policía, pero no tenía sentido haber esperado tres meses y que hubiera ahora tres víctimas más. Fuera lo que fuere las cartas estaban echadas y en el caso de haberle descubierto uno de los dos debía caer. Cogió su mochila y se subió a un autobús en dirección a la tienda de revelados. <<El asesino de la estación>> pudo leer en el periódico que sujetaba el caballero sentado junto a él. <<Tras cinco asesinatos la policía centra su atención en la Estación del Norte>>. Cómo habían podido llegar tan rápido al origen de sus víctimas; solo el viejo podía haber atado cabos a partir de las fotografías. Conocer con certeza qué estaba sucediendo era cuestión de unos pocos minutos. Bajó del autobús en Gran Vía Marqués del Turia y se dirigió a la tienda. Eran las siete de la tarde. El viejo había cerrado y le estaba esperando fuera; llevaba en la mano un sobre enorme que debía contener los revelados.
–¿Cierras tan pronto? –preguntó Ligunod.
–La ocasión lo merece; aquí tienes tu obra. He quedado con mi colega en casa para tomar una copa y así podemos charlar tranquilamente, comentáis pareceres, compartís opiniones y demás –contestó.
Ligunod sabía de sobra que aquello era una encerrona. Una vez estuviera en su casa ya no tendría escapatoria y la policía llegaría de un momento a otro; podía escapar pero posiblemente ya le estaban siguiendo desde que salió del piso alquilado. Pero ¿y si estuviera en un error?, ¿si en efecto la exposición diera comienzo la siguiente semana? Solo había un modo de comprobarlo.
–Perfecto –dijo–; te agradezco mucho todas las molestias que te estás tomando conmigo.
–No has de agradecer nada –replicó el viejo–, si lo hago es porque hay algo en tu fotografía que merece ser visto por el público. Determinadas disciplinas artísticas llevan consigo desde sus inicios el cuestionamiento sobre si pueden ser consideradas como arte –prosiguió–; cuando observo tu obra no me cabe duda de ello. Te auguro una vida llena de éxito.
–Gracias de veras –dijo–, en este mundo cuesta en exceso encontrar un apoyo que te abra el camino.  Es demasiado fácil rendirse.
Siguieron hablando hasta que llegaron a casa del viejo y sin esperar a su colega entraron. <<Pasemos; me ha comentado que tal vez se retrasaría; mejor esperarle sentado y tomando algo que aquí fuera –dijo el viejo>>. En efecto, tal y como temía Ligunod, no vendría ningún colega. Estaban los dos solos y el viejo estaba hablando ahora por teléfono, probablemente con la policía que de un momento a otro aparecería por la puerta. Cuando colgó el teléfono el viejo salió con dos copas y una botella de vino. Le sirvió una a su invitado y cuando se disponía a llenarse la suya Ligunod sacó un bisturí de la mochila e intentó rasgarle la cara.
–¡Espera! –gritó el viejo.
Se llenó su copa de vino, dejó la botella sobre la mesa y se sentó en el blanco sillón que presidía la estancia; observó el vino a través de la copa mientras movía la mano lentamente y se lo bebió todo de un trago.
–No bebas –dijo–, está envenenado. La próxima semana, tal y como te dije, expondrás en la Estación del Norte. Envié ayer tus fotografías pero llevan todas mi nombre. He llamado a la policía y en apenas diez minutos estarán aquí, tiempo suficiente para que haga efecto el veneno, quedes como el gran salvador de esta ciudad y yo como el asesino de la estación, el artista incomprendido. Tu obra es ahora mía.

*          *          *

La estación estaba repleta de gente; medios de cada rincón del país habían venido a dar testimonio de la obra maldita de un asesino. Nadie hacía caso a los otros cuatro autores expuestos, solo querían comprobar cómo se habían retratado todas y cada una de las partes que faltaban en los cuerpos encontrados. Se asombraban ante las escenas dantescas y en contra de huir espantados se sentían irremediablemente atraídos hacia la belleza de una muerte que algún día les iba a llegar.
Muerto el asesino y encontrado el móvil de los asesinatos nadie parecía preguntar acerca de las partes que faltaban en los cuerpos. Ligunod se marchó cabizbajo hacia el piso alquilado. Le habían robado su obra y en menos de un día había vuelto al anonimato que lo apresaba desde niño. Cogió los frascos que contenían los restos mutilados bañados en formol y los colocó en “orden necrológico” sobre la mesa del comedor; sacó la cámara y el trípode y tomó una única foto. La luz era suficiente y el cristal y el agua servírían de lupa para aumentar el tamaño de los restos y garantizar así una buena visibilidad. Abrió el correo electrónico, adjuntó la imagen y la envió a todos los medios nacionales bajo el título <<El artista sigue vivo>>.  Y salió por la puerta camino a cualquier parte, a cualquier estación.


Desde la otredad


Dónde nacen los cantos que se escuchan
cuando el tiempo entre la brisa de ayer
se detuvo ante la sombra concreta
de lo que no aparece,
de lo que no será,
la exclamación exacta e imposible
de un falso resultado matemático:
la ecuación sin fin de un amor prohibido,
la verdad que se esconde en la mentira.

Dónde mueren las excusas, reproches
de un silencio que se muestra errado
desde el insulto que se apaga en eco,
la vida que vivimos
huyendo de los otros,
sus majestades a quienes rendir
obligadas pleitesías inciertas,
encriptadas metáforas,
limosnas sin perdón.

Necesidad innata a no estar solo
y cuando se está solo a separarse;
leyes de asociación desconocidas,
saberse uno mismo
en la mirada ajena,
no entender, por contra, el sentimiento
que aproxima lo opuesto a ser uno
y en la última conjunción astral
dejar que nos venza el adiós maldito.

Y no es en la despedida fantástica
donde el dolor, el fracaso y la muerte
brindan el logro obtenido con sangre,
sino cuando olvidamos
que mortales aún somos,
que sin noches, mares, auras ni tierras
seguirán buscándose nuestros cuerpos,
presos de la memoria o
víctimas del rencor.

Cuándo surge la obligación opuesta,
precisar de inmediato la distancia
constatar la escasez que quedará
y sin embargo huir
hacia el vacío eterno,
querer que nadie espere al otro lado
saber que nadie ríe y sigo vivo,
sabiendo que es el otro el que agoniza
queriendo ser yo mismo quien no muera.

Cuándo se apaga lo que ya ha dejado
de existir por lógica temporal
dando paso a la bisectriz ansiada,
tus preguntas eternas
mis silencios perfectos,
la anacronía de este verso escrito
que adelanta lo que aún no acontece,
el reflejo incorrupto
de tu imagen fingida.

Desde el preciso instante en que se miente,
cuando los pasos pesan sobre el cuerpo
y se ha escindido la culpa de cuajo,
desde el silencio absurdo
en la respuesta etérea,
las luces comienzan a distanciarse
y el vacío oscuro que se produce
no solo ciega a aquel que no se oculta
sino que mata a aquel que se ha escondido.

Se busca apresuradamente al otro,
constituyente exacto de este cambio en
que aparece el olvido en su victoria,
saberte marchitada
dormido en la afonía,
y omitir contra el viento lo imposible
deseando lo ajeno que hace impar,
perderte y no evitarlo
buscarla y alejarte.

Cómo esperar cuando no queda nada,
si el azul horizontal infinito
es la prueba irrefutable y precisa,
la intersección perpetua
entre nosotros dos,
si tal vez uno es otro y no lo sabe
si tal vez una sea ahora otra
y no lo sepa, mentira y engaño
en el olvido incierto tras la muerte.

Cómo partir si el recuerdo de ayer
será siempre más largo que mañana,
si aunque se seccione nuestra memoria
nunca seremos dos,
incógnitas perdidas,
la suma irracional de nuestras voces
el recuerdo feroz de nuestros besos,
anhelar lo querido,
perecer lo olvidado.

Callando, brindando al tiempo la espera
de saber que estás solo y solo un día,
el verso que no escribes en su nombre,
la letra que no acaba
pese a creerse siempre,
el terrible adiós que nunca diremos
y sin embargo siempre quedará;
dejar de existir para y en el otro,
saber entonces que no se ha vivido.