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¿Qué es La Estación Prohibida?



Te presento una forma diferente de invertir esos pocos minutos que, tal vez, se pierdan a lo largo del día, para leer algo más, diferente o no, original o no, de tu gusto o no; detente un instante y lee; quizás regreses.





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Cego´slider

Cuando se dice adiós

A ti, que no lo sabes
Separarse, despedirse,
vender al adiós los verbos que te oculto
y encerrar de por vida los instantes,
recuerdos ahora de una apuesta que no jugamos
cuando el tiempo nos tentaba
a dejar de ser los niños que ahora somos
correctos, sobrios, deleznables
inconsciencias de lo absurdo que es nuestra vida
cuando temerosos el uno del otro
no arriesgamos y vivimos sin embargo
sin vivir instante alguno.

Alejarse, desprenderse,
y en el fatal camino opuesto comprobar
que ninguno de los dos se da la vuelta
huyendo
del último día de nuestro entonces,
la última excusa para inclinarnos,
sabiendo pese a todo
que el tiempo la verdad no la mitiga
y solo esconde lo que a gritos
te ando pintando en las paredes
y tú no escuchas.

Apartarse, redimirse,
cuando acostados esta noche en la distancia
dejemos de saber qué fue del otro
comenzando
el triste resto de nuestros días,
la larga historia de nuestra muerte,
mientras espero
que el cielo no te venda cascabeles,
que el aire no te traiga talismanes,
no vaya a ser que olvides
lo que no ha existido, lo que no será.

Espectros de autobús

Deseaba poder exterminar todos los adefesios que le rodeaban. No entendía cómo semejantes ultrajes al molde de Dios podían existir y atreverse además a publicitar su amor por doquier. Se atribuía su estética a supuestas modas pasajeras, pero lo cierto es que su fealdad se estaba acomodando en exceso al tiempo y los adeptos crecían a diario, ayudados por la manipulación mediática de costumbre. Tenían la peculiar manía de tapar alguno de sus ojos con el pelo, decorarse con aderezos en lugares no indicados y adornar sus ropajes con colores extravagantes. Qué empeño por resaltar la fealdad en vez de disimular sus notables carencias. Para gustos, colores, pero qué disgusto y a fe mía que los lentes andan bien graduados.

Mientras, la intolerancia vagaba por nuestras mentes – según algunos–, y las hachas de cortar cabezas permanecían colgadas en la pared… aún.

Aunque no lo recuerdes

En qué instante de nuestras vidas
hemos puesto nombre al tiempo;
cuándo convenimos sin embargo
que ya era tarde,
que no podíamos ser dos
y en la elección fatal de no ser uno
aceptamos resignados ser de nadie;
en qué instante de nuestra vida, di.

Y no se enmascaran las verdades
en acertijos absurdos cuando se siente,
cuando se sabe
admitido en el rechazo a lo imposible,
de lo que no sucede en el azar,
ignorando los pactos entre versos
que se le hace al diablo a cambio de nada.

En qué instante
de tu vida o de la mía;
cuándo aceptamos pese a todo
afirmar el destino de uno mismo
sin saber siquiera la voluntad ajena,
entre el aire y la lluvia que cae
y resguardado bajo el paraguas
se recuerda el verso que te di,
la caricia ansiada que oculté.

Cuándo, di,
en qué instante
aunque solo fuera de mi vida
que oculta, vacía y falsa,
lo que solo conoce el viento;
cuándo, cuándo convenimos el adiós,
la distancia lógica del camino
que se bifurca sin remedio
brindándome tu ausencia.

Ahí, entonces,
en el instante en que nacimos para el otro
y convenimos en silencio
el adiós que nos separa,
el beso que se anhela,
la verdad que ahora te digo.

Aquella vez

Le pesaba el tiempo como a cualquiera nos pesa la culpa, el rencor común, la intolerancia típica a lo que nos es contrario. Caminaba en el exceso y se encontraba a menudo con sus miedos más internos, en la inmediatez de la noche, cuando el día no es suficiente y los adioses se encadenan hasta la soledad de la cama. Cada mañana, sin embargo, olvidaba los deseos de la noche anterior, se ceñía su orgullosa coraza y proseguía con su cotidiano deshacer de la vida, hendiendo los cuerpos ajenos con el filo atroz de cada improperio, ideado desde la maldad más absoluta para infringir el mayor daño posible y compartir su dolor. – Es un pobre desgraciado– solían comentar de él. Acostumbraba a ir solo y si alguien osaba caminar a su lado apenas duraba unos minutos antes de huir espantado. No permitía que nadie se le acercara, temeroso de poder amar otra vez a alguien y cometer de nuevo el fatal error de aquella vez: haberse querido a sí mismo más que a la otra persona. Pero la vida no trataba de eso. Las puertas estaban destinadas a cerrarse para abrirse después, el viento y la luz cesaban para volver, y el fuego, por mucho que se intentara encerrarlo, siempre acababa encontrando un espacio, por pequeño que fuera, para escapar y seguir ardiendo. Eso era la vida, una puerta abierta, la luz entrando por la ventana, una llama que no se apaga, saber que por mucho que doliera siempre estaría destinado, pese al dolor, a buscar a ese otro por quien dar la vida.

…es que somos subnormales

Lo que nos sucede no es la excusa barata
ni el argumento no válido para defender
la causa perdida de nuestras derrotas;
no es saber que la distancia nos pesa
tanto como la inapetencia a movernos
en dirección a cualquier parte o a ninguna;
tampoco es tomar iniciativas imposibles
o morder la lengua en el reproche absurdo
que se calla cuando solo se conoce el grito.

Lo que nos sucede no es el sueño
o el estar acostumbrado a no hacer nada
porque nada merezca tener que despertarse;
no es sentirse como oveja sin pastor
o pastor sin rebaño que responda
cuando cualquiera es dueño del único saber;
ni siquiera es sentirse vencido
porque nunca se ha entrado en batalla
y quien la contó solo se creyó una parte.

Lo que nos sucede no es el tiempo,
ni saber predecir un futuro que se muere
y cuando no muere, alguien lo mata;
no es querer demasiado poco al otro
o vivir la falsa concepción de que lo malo
nunca le sucede a uno mismo;
no es creer que antes de nacer ya se ha perdido
o que el logro que se alcanza y el placer
que se ha gozado son absurdos.

Lo que nos sucede…

Relaciones comparativas

Establezcamos relaciones comparativas de primer grado, el presente real; podemos emplear libremente una balanza cualquiera. Realicemos una introspección, lenta, pausada, anotando en nuestra mente o en un papel si se precisa todos esos instantes que nos han devuelto una sonrisa, que ciertamente han merecido la pena, que nos han hecho temblar antes, durante y después de que sucedieran, y coloquémoslos en el lado derecho de la balanza. Ahora prosigamos con todos esos momentos en que, indefectiblemente, hemos desperdiciado la alegría supuesta de la realidad que acontecía, esas ocasiones que nos arrugaban desde dentro y apagaban poco a poco cada llama eterna antes, ahora débil. Coloquémoslo ahora en el lado izquierdo. Una vez realizada la primera operación pasemos a establecer relaciones comparativas de segundo grado, el futuro incierto; coloquemos en otra balanza los "tal vez sí" y los "tal vez no" en lados opuestos. Si comprobamos que el peso total de los "quizá" es superior al total de la balanza anterior, rompamos con el presente, lancemos un grito a la incertidumbre y apostémonos la vida en el destino. Si por el contrario el presente, en su haber total, acumula un peso mayor al futuro incierto, olvidemos los efímeros caprichos de la mente y conservemos los tesoros que se nos han brindado, pues no por pesar más la arruga, la caída, el dolor, se va a apostar antes por la pérdida absoluta. Más si la ínfima posibilidad de alcanzar el sueño merece el riesgo a quedarse solo, juguemos la única carta y afrontemos el fin que por seguro nos espera, provocar la muerte, sufrir la culpa… morir después.

14 de febrero

a la original onomástica de  San Valentín

Entristecerse, culparse mutuamente, renegar de la propia condición; saber del tiempo como el único tesoro y perderlo sin embargo en complacer al otro. Dolerse, gritar, recriminar, discutir y callar; sentir rencor; dolerse, gritar, discutir y callar; sentir la culpa; callar, callar y perdonar. Maximizar el instante y minimizar la eternidad. Saber de la sonrisa y leer de la mirada. Ignorar, saber, insultar, odiar. Saber de los silencios y leer de las distancias. Querer, odiar; odiar, querer. Retener en las caricias las memorias de los verbos, escupir en las palabras los reproches sin mentiras. Cerrar la puerta, gritar la culpa, sentir el miedo. Perder, perder y perder, y de nuevo y siempre salir ganando. Ganar, ganar, también ganar y a pesar de todo seguir perdiendo. Saberse único, preciso, verdad máxima; aferrarse a lo intangible y rechazar lo material. Gritar, llorar, temblar de miedo; conocer el pánico absoluto de estar solo y sólo un día. Sonreír la fortuna de ser para el otro y mutuamente. Ocultar los vacíos, olvidar la soledad. Amar. Saberse amado. 

Si hay algo de amistad…

Porque si es de día…
… la luciérnaga no alumbra

No prostituyas tus versos, no vendas tampoco tu alma,
no entregues tu rima a una simple canción
e inventa en cada poema ni la historia de hoy ni la de ayer.

Esconde bajo la manta el secreto de tus verdades,
difumina con el viento el dolor que ahora sientes
y brinda entre lo oscuro la luz que siempre fuiste.

Acalla la crítica barata y efímera del tiempo,
convierte cada estrofa en eterna melodía
e impide que mañana de nuevo muera tu voz.

No esclavices las ideas ni revuelvas los porqués,
no creas más que nadie ni te apuestes la bandera
y espera paciente al silencio que todo mal mitiga.

Grita, pelea, solloza, insulta, mata y muere,
lanza contra el cristal tu furia convertida en piedra;
llena el viento de ceniza, destroza cada espejo,
haz arder cada palabra y pudre cada aliento de vida.

Pero deja de una maldita vez de vender versos al populacho
que aplaude, ni tuerto ni rey, al nuevo titiritero,
y haz llorar al alma en tus versos que bien sabes
porque del poeta y su poesía siempre hiciste tu ley.

Ciclobenzaprina

Establecerse en lo creíble, aspirar a la ovación, vencer al llanto; luchar con las manos contra los elementos y respirar los alientos de los caídos en batalla; observar lentamente los rostros sin vida; pisar sin reparo la sangre en el suelo; tropezar sin opción con los cuerpos mutilados; oler la putrefacción de la muerte bajo los pies; acariciar la pólvora que queda en las manos tras los disparos. Sentir la vida cómo regresa consciente; buscar el alma entre las almas quitadas; helarse de frío.

Despertarse sudoroso, recordar el sueño, olvidar la vida; contemplarse en el espejo; naufragar en el agua helada; constatarse a uno mismo. Abrir la ventana; observar la calle; comprobar que el sueño por desgracia es sueño y campa la gente a sus anchas. Recordar el sueño, cargar el arma, salir a la calle… recordar el sueño.

Si me pierdes… y lo harás

desde "Advertencia" de F. Benítez Reyes

Cuando quieras olvidar cada huella
y lo harás
por querer proseguir con tu vida
recuerda antes que sobre aquel muro,
detrás de ese árbol, en este café,
ya estuviste conmigo y mi recuerdo
te costará el doble borrarlo.

Cuando intentes rescatar del silencio
y lo harás
cualquier canción de amor guardada
esta te llevará irremediablemente a mí
y volverás al ruido mundano
que inunda tu vida desde antes
cuando no sabías bailar para nadie.

Cuando creas que ya no soy nada
y (ten por seguro que) lo harás
observa un momento hacia cielo,
sonríe un instante en tu día,
respira siquiera algo de aire
y volveré de entre la niebla
porque quien fue antes será siempre.

Mas no quieras, ni intentes ni creas
(si no es a mí, por mí y en mí)
cuando ayer amaneció a tu lado
la alegría de ser hoy,
cuando hoy duerme contigo
la esperanza de mañana,
cuando mañana muera junto a ti
el aliento imprescindible de tu vida.