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El verano en la España de ayer y de hoy

No se olvidaba mayo y, mientras tanto, julio estaba al caer. Desesperaba la idea de otro verano caluroso, húmedo hasta la saciedad; trajes, camisas y corbatas; ires y venires rendidos a la acción y efecto del sol. Siempre admiró a los hombres que se abotonaban la camisa más abajo de lo protocolario, dejando entrever ese pecho lobo que, junto a la barriga cervecera, era el orgullo más horrendo del único macho ibérico en la especie humana. Los otros o bien no eran ibéricos o de macho tenían únicamente el uso de la maquinilla de afeitar, aunque para muchos más centímetros y, por lo general, a lo largo de todo su cuerpo. Se le atribuía falsamente dicha moda a aquel jugador de fútbol que poseía un guante en el pie; qué magnificencia en la ejecución del libre directo pero, seamos honestos, qué poca masculinidad desprendía, más aún cuando hablaba, con su acento inglés y ese timbre tan poco viril… pero qué guapo.

No podía entender la manía, casi innata o acto reflejo de su mujer, de abotonarlo casi por completo, bajarle el pantalón y las mangas de la camisa, obligarle a emparejar por color sus calcetines y, cuando todo parecía perfecto, sacar otros zapatos a juego con los calcetines, con el pantalón, con las rayas de la camisa, la corbata y hasta con el color del pelo. Se contemplaba en el espejo y solo alcanzaba a vislumbrar un leve aire de aquel rebelde que fuera antaño, un tonto con camisa azul, pantalón negro, calcetín blanco y zapato marrón. Ahora hasta bajaba la taza del váter y se sentaba para no salpicar cada vez que orinaba. Se había convertido en un prototipo de marido perfecto, de marido desastre, vestido, peinado y con la bolsita de papel con el almuerzo cada día, la mancha de carmín en la mejilla y las manos pringosas de mermelada en oferta del supermercado donde iba la vecina de la tía Maruja, la de Don Emilio, el del pueblo, que tenía un campo con melocotones; y él ni conocía a la vecina, ni tenía tía llamada Maruja, ni que estuviera casada con un tal Emilio, ni pueblo, ni campo y para colmo, con alergia a la piel de melocotón.

No era él. Se sentía a disgusto consigo mismo, no con el tipo de persona que había llegado a ser sino con su aspecto, su rutina, su cartel en la frente que decía: Pepe Pérez; los domingos yo tampoco puedo ver el partido. Pero era verano y no había fútbol. Cogió a su mujer y se la llevó un mes a Benidorm, como hacía la gente de bien. La perdió entre las toallas y sombrillas, entre el tumulto, el agobio, el agua fría y la orilla caliente. Y ya era agosto.

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