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¿Qué es La Estación Prohibida?



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Faltaban tan solo tres jornadas para poder ver en el firmamento aquel conjunto de constelaciones que, años atrás, le guiasen hacia ese destino que ahora, como capricho de sí mismo, le oprimía el cuello sin permitirle apenas respirar. Conducía cada noche desde varias semanas atrás hacia el interior de la provincia, hasta aquella colina donde las fotos de postal, para examinar con precisión el movimiento astral que sucedía en lo alto. El viejo telescopio del abuelo, el planisferio celeste, la brújula militar de aquella empresa que quebró y un par de libros sobre astronomía para principiantes; un equipaje básico para interpretar, o al menos intentarlo, el instante exacto de los astros. Se aproximaba al fin ese día tan ansiado desde hacía poco menos de un año y estaba decidido a afrontarlo con gran determinación. Después de tanto tiempo esperando no podía permitirse ningún tropiezo; esta vez había cargado con provisiones para pasar en la montaña todo el fin de semana y así minimizar cualquier probabilidad de fracaso en su empeño. Preparó la cena y dispuso todo como de costumbre para contemplar la inmensa bóveda celeste. El silencio y la oscuridad eran abrumadores; cualquier pensamiento le producía una incómoda sensación de alboroto en aquella quietud infinita, pero mantener la mente en blanco era algo para lo que nunca estuvo preparado; intentaba a menudo y sin éxito prolongar durante unos minutos esas breves fracciones en el tiempo en las cuales se quedaba en blanco; cuánta satisfacción le produciría poder limitar sus ruidos interiores, pero era inútil insistir, ni siquiera en un lugar como aquel con la sola compañía de la verdad y la mentira bajo sus hombros. Al menos en tres noches conseguiría apaciguar ese inmenso sentimiento de culpa que tanto hastío le provocaba. Un punto y final a todo; una noche tras la noche; un antes sin después; todo acabaría y, mientras tanto, todo se creería volviendo a comenzar, en vano al fin, para no retornar. Pero qué le preguntaría a las estrellas; qué derecho creía tener para poder cuestionarles su autoridad sobre el destino; qué respuesta esperaba obtener ante sus quejas, fundadas en la subjetividad del hombre que no comprendía los designios de su propia naturaleza humana. Tal vez sería más fácil crear un dios al que seguir y sobre el que edificar toda su moral, un ente a su imagen y semejanza para controlar los temores que ahora le apresaban, una obra por el bien de la humanidad que se vería bendecida por el resto de sus tiempos, el sacrificio por el cual sus culpas le serían perdonadas. Había conseguido la tan ansiada respuesta y el firmamento ya no coincidiría con el pronosticado, al menos no con él debajo contemplándolo. El coche recorría ahora el camino de regreso y un centenar de folios aguardaban ser escritos; un libro sagrado por inspiración pupila.

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