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¿Qué es La Estación Prohibida?



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Noviazgo mendocino

a mi amiga Gra

Se especulaba a menudo acerca de su valor real, de lo que algunos afirmaban sin ningún remordimiento como una relación de activos tóxicos, o mejor dicho, dos pasivos que a su edad se habían convertido en entes que vomitaban toxicidad en su carácter. Martina y Bertucho se aproximaban irremediablemente a ese comienzo de la vejez, al límite de decidir cómo pasar el resto de sus vidas, y justo cuando el destino lógico acompañaba a entender que amanecerían el resto de los días solos, la prima de riesgo les reventó esa paz para encontrarse y hacerles replantearse la tranquilidad de dormir sin nadie a su lado. El guiso de porotos había estado más pesado que de costumbre y sus cuerpos respiraban antipatía. Él comenzó a acariciar su chelo, sentado en la silla en medio del salón, tan amplio, tan grave; la casa crujía en una enorme tensión entre las notas y los malos pensamientos, casi insultos, separándolos a cada minuto que pasaba; ella permanecía igual desde hacía horas, recostada sobre el sofá con la computadora sobre sus piernas, como leyendo todo un mundo, acariciando a su chihuahua con la mano izquierda mientras este dormía. Se hicieron las dos de la madrugada y él seguía sin hacer amago alguno de marcharse; cuarenta y ocho horas juntos entre las mismas cuatro paredes y Bertucho todavía quería más; no tenía sentido. Jorgito había llamado a su madre en la mañana y le preocupaba que a tantos miles de quilómetros envejeciera tan sola; Bertucho era la solución; ese loco chelista de jazz, enamorado, culto, con la particular virtud de hacerla sentir bien y que no se andaba con tonterías de la patria, la bandera o la reputa madre que lo parió. Durmieron juntos por tercera noche consecutiva. A la mañana siguiente Martina se despertó primero; fue al baño y se encontró la taza del wáter subida, girando acto seguido su mirada de odio hacia el dormitorio; los calcetines sucios de Bertucho en el suelo y la banda sonora del ronquido que se extendía por todo el departamento. No quería envejecer así. Y el enorme violonchelo en medio del salón, gobernando la casa; si al menos interpretara algo para ella, desde Bach hasta Chaikovski tenía para escoger, pero no, solo ensayaba jazz, improvisaba horas seguidas, abrazado a ese invasor, sus curvas, su cutis barnizado, su arco con resina. Lo peor de todo eran los altos intereses del contrato; la comida implicaba las heces, la bebida la orina, y Bertucho, para colmar aún más el vaso que desde hacía semanas ya se había desbordado, un apéndice social contaminado, un orto, perdón, quería decir un otro, o no, por qué no decirlo, sí, una patada en el orto. – Dejate de joder Bertucho; os quiero a vos, no a tu hijo–. 

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