Bienvenido a La Estación Prohibida

Síguenos en Facebook y Twitter o suscríbete al blog por correo

¿Qué es La Estación Prohibida?



Te presento una forma diferente de invertir esos pocos minutos que, tal vez, se pierdan a lo largo del día, para leer algo más, diferente o no, original o no, de tu gusto o no; detente un instante y lee; quizás regreses.





¡Gracias por la visita!

Cego´slider

Energías renovables

Sin saber cómo ni por qué, tenía el particular don de convertir todo lo que tocaba en agua. Ningún material se le resistía. Lo supo desde pequeño, con los ositos de peluche que le mojaban el pijama en la cuna y desesperaban a su madre, poniendo el colchón a secar al sol cada vez que le intentaban dar algo. Asir; ese sería el verbo que le acompañaría el resto de su vida; no podía asir absolutamente nada, y aquello, además de un supuesto trauma infantil según los psicólogos tan pedantes que le trataron desde niño, le había producido una atrofia disfuncional en sus manos, como si una artritis reumatoide le hubiera afectado antes de la vejez. Sus compañeros de escuela se reían de él cada vez que cogía un lápiz, convirtiéndolo en agua y mojando folios y cuadernos, con el correspondiente grito del maestro de turno – ¡Pedrito, es que con usted no hay remedio!, ¡si el diablo quisiera tener un hijo tenga por seguro que se le parecería!– y las consiguientes burlas de los niños, todos con su polo azul oscuro sobre la camisa impoluta, el cuello blanco perfectamente planchado, la raya del pelo trazada con escuadra y cartabón, y las miradas de mimados y consentidos dirigidas todas hacia él. Habría sido sencillo deshacerse de ellos, solo con tocarles y ¡chas!, pero Pedro nunca había querido hacer daño a nadie, sobre todo desde aquella tarde en el jardín con su hermana pequeña, cuando se cayó de la bicicleta y él intentó ayudarla a ponerse en pie; nada más tomarla de la mano la niña se convirtió en agua, y el grito de su madre desde la cocina, que andaba viéndolo todo, aún se recuerda en el barrio. Las autoridades mandaron fabricarle unos guantes en forma de esfera de metacrilato, como una pecera, donde quedaban sus manos libres del contacto con el exterior, sujetos a las muñecas por una especie de grilletes. Fueron años de tranquilidad a su alrededor, hasta que sus manos fueron creciendo y el dedo corazón alcanzó a tocar la pared interior del guante. Al instante sus manos estaban mojadas y podía mover las muñecas como un auténtico director de orquesta. Desde hace años nadie ha vuelto a saber nada de él. Cuentan que en el desierto hay un lago cada vez más grande, a punto de unirse al mar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario