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Cego´slider

La Creación

Ligunod esperaba en las opacidades del viento, oculto entre la ignorancia del tumulto. Los hombres, trajeados todos, caminaban firmes con la mirada puesta en el horizonte. Ningún destello femenino les alejaba de su destino, como proscritos sexuales o eunucos carentes de dominación. La apatía llenaba sus vidas. La prisa era su constante vital. El tiempo, su único miedo. Ninguno de todos ellos era consciente del peligro que les rodeaba, el filo cortante del frío viento de invierno en la mañana, antes de despertar cada músculo, justo durante el olor a pan recién hecho. Los relojes seguirían marcando los minutos y horas sucesivamente y, sin embargo, se detendrían en cualquier instante para alguno de ellos. El arte de los pianistas siempre le había provocado demasiado respeto y admiración como para provocar la muerte de cualquiera de ellos, y solo en la calle transitada por agentes bursátiles y todo tipo de especulador madrugador podría encontrar dos sustitutos adecuados, mediocres, sin más vida que el negocio y la acumulación de capital para una vejez anticipada. La longitud de sus falanges se asemejaba a la de cualquier pianista, las uñas siempre debidamente cortadas y sin rastro de cutícula molesta o foco de posible infección. Cuidaban su imagen a diario, desde la raya exacta del pelo hasta el brillo de los zapatos pasando por el planchado exquisito de los trajes y la pulcritud inmaculada de sus camisas. Maniquíes prescindibles. Computadoras humanas. 

La Capilla Sixtina siempre le pareció desde niño la mejor escuela de anatomía, la precisión absoluta en la concepción corpórea de lo bello; a primera vista, más pequeña de lo esperado, tal vez por la grandiosidad de sus pinturas ocupando cada escondrijo libre de la pared o por la masificación de turistas deleznables incapaces de diferenciar una escultura griega de una romana. De entre todo el conjunto, al igual que para muchos, lo que más le llamaba la atención era el espacio casi imperceptible entre los dedos índice de Dios y Adán, esa unión sugerida, sin materializar el instante exacto sino extendiendo eternamente la misma concepción del hecho. Encontrar unas manos idénticas a las del fresco había sido desde la adolescencia el mayor de sus caprichos; ahora, la peor de sus necesidades. Cómo conseguir que los dedos permanecieran erguidos una vez separadas las manos de los brazos le llevaría algunos días, pero ahora debía centrarse en observar qué manos precisaba, cuáles se asemejaban lo suficiente para copiar en volumen aquel detalle. 

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