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¿Qué es La Estación Prohibida?



Te presento una forma diferente de invertir esos pocos minutos que, tal vez, se pierdan a lo largo del día, para leer algo más, diferente o no, original o no, de tu gusto o no; detente un instante y lee; quizás regreses.





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Cego´slider

En la estación



Eran las nueve y diecisiete minutos de la noche. Ligunod esperaba el primer viernes de cada mes al tren de las nueve y media. Aguardaba a las puertas del claro edificio modernista que albergaba el ruido de los trenes y daba cobijo, los raros días de lluvia, a tanto pasajero sin paraguas. La estación se había visto profanada por otro edificio de retales que presumía de acoger a los mejores visitantes procedentes de la capital, sin embargo la primera recogía a cada pasajero diario de los municipios cercanos, como un pequeño barrio en el que cada mañana se veían las mismas caras hasta la tarde, hasta la noche, cuando se volvían a encontrar. Estos caminaban más tranquilos, presos de la mecánica rutina que les gobernaba cada semana, ajenos a la maldita suerte que les podía señalar, un azar caprichoso y aleatorio que escogía su destino sin seguir ningún parámetro preestablecido.
El tren llegaba puntual. Un hombre con la camisa blanca saludaba desde el exterior al conductor con el brazo en alto y este le respondía agachando la cabeza; las puertas se abrieron entonces y del interior salieron a borbotones todos los pasajeros. El ejecutivo de traje azul marino y paso acelerado; decenas de universitarios con maletas y auriculares; jóvenes mujeres con sus libros digitales y no tan jóvenes con sus libros no tan modernos; el niño que lloraba y el padre que le hacía llorar más aún; el abuelo con la mochila de la nieta y la nieta con la mochila de la muñeca. Ligunod les observaba sonriendo, protegido detrás del periódico del viernes. El paro, la situación económica y la clase política ligada a la corrupción y el fraude se habían convertido en los últimos años en las mayores preocupaciones de los ciudadanos según podía leerse en el rotativo. Ansiaba alcanzar la tercera plaza al menos en aquellos alrededores; sentirse una verdadera preocupación para aquellos que le rodeaban. Ahora apenas llegaba a significar el más mínimo peligro para el transeúnte común.
La función estaba a punto de comenzar y sus pulsaciones se habían acelerado un poco más que de costumbre. El clima era deliciosamente adictivo para degustar los aromas que desprendía la gente; por contra le provocaba un sudor incesante en las manos obligándole a secárselas constantemente. Vestía unos vaqueros negros ajustados y unos zapatos del mismo color. Una cazadora blanca escondía una camisa de lino roja y portaba sobre el hombro derecho una mochila beige con detalles en rojo granate donde guardaba los instrumentos necesarios para el espectáculo: cinta de carrocero, dos metros de cuerda, alcohol etílico, un frasco con cloroformo, vendas, algodón, dos bisturís, hilo de sutura, aguja, un pequeño serrucho y un cuchillo lenticular. Las armas de gran tamaño nunca habían sido de su agrado, ni siguiera los cuchillos de cocina para poder defenderse cuando la presa se resistía o se veía en peligro; tan solo las hachas gozaban de su predilección, aunque por desgracia eran excesivamente grandes para transportarlas consigo y cualquier método empleado para ocultarlas de nada serviría.
El proceso era sencillo. Seleccionaría a su víctima al azar de entre todos los pasajeros que bajaran del tren, preferentemente que fuera sola y la seguiría hasta la salida; si tomaba un taxi o bajaba a la estación de metro proseguiría con la búsqueda; si por contra comenzaba a caminar continuaría hasta donde el destino les llevara, una calle cualquiera, un portal, el semáforo eterno. Y así sucedería aquel primer viernes de mes. Ligunod se fijó en una mujer de unos cuarenta y pocos años y la siguió disimuladamente hasta la salida como si fuera un pasajero más del tren. Ella se detuvo en las enormes puertas y observó a derecha e izquierda como si esperara a alguien, se encendió un cigarrillo y sacó su móvil; entonces él apresuradamente metió la mano en el interior de la mochila, sacó una cajetilla de tabaco y se acercó a ella.
–Disculpe –dijo– ¿tiene fuego?
Y tal como ella le acercaba su encendedor él sacó de la cajetilla una venda bañada en cloroformo que le empujó contra la boca mientras sujetaba con la otra mano su nuca. Al instante yacía sobre sus brazos.
Un taxista que había presenciado algo extraño se les acercó entonces con tono preocupado.
–¿Necesitan ayuda? –preguntó.
–Si fuera tan amable, le agradecería que nos acercara al hospital. Me temo que mi esposa ha sufrido un desmayo –contestó.
–Cómo no, caballero –dijo– ¿qué hospital?
–El Dr. Peset –dijo.
Haber alquilado un piso junto al hospital había sido la mejor ocurrencia para borrar todo rastro. Si alguien pudiera sospechar solo podría llegar hasta la Avenida Gaspar Aguilar y allí le perdería la pista. Al llegar pagó al taxista y fue caminando hasta la calle Gaspar Torrella. El bar que hacía casi esquina estaba aún abierto pero apenas se escuchaba ninguna voz. Abrió la puerta del patio y subió con las fuerzas que le restaban los seis escalones hasta llegar al ascensor.
Nunca se había considerado un asesino. Sus conocimientos sobre medicina y la afición a la taxidermia que le había infundido su padre le proporcionaron desde joven los recursos necesarios para hacer del arte su profesión y de la muerte una nueva concepción del mismo. No lograba entender ese empeño del artista por experimentar con toda clase de materiales para conseguir la textura, sensación y realismo máximo en una escultura, sobre todo cuando cualquier cuerpo muerto y bien tratado era mucho más útil y maleable para crear la pieza perfecta. No acostumbraba a conservar sus víctimas más de tres o cuatro días, antes de que el hedor comenzara a apoderarse del aire. Cortaba con su serrucho las partes que necesitaba para retratar la escena, las limpiaba con esmero y las colocaba cuidadosamente en el bodegón único que acontecía. Se servía de frutas y piezas de vajilla para decorar el instante; relojes, telas y algún que otro espejo siempre le brindaban una dimensión extraordinaria. Cuando todo estaba listo sacaba el trípode y la cámara y, tras regular la luz del salón, realizaba una única fotografía.
La larga cabellera de la mujer caía suavemente como mantel sobre la mesa hasta la cabeza que posaba sobre el frutero junto a un racimo de uvas y dos rojizas manzanas. Los brazos cruzados figuraban frente a un espejo con el azogue deteriorado. Una pluma vieja y un tintero volcado sobre un papel presidían la composición en primer orden. Ligunod sonrió y comenzó a llorar al instante; jamás había conseguido retratar la muerte tan reciente, crear de la muerte tanta vida. Recordaba aquellos años de facultad en que un amigo becario de anatomía forense le permitía entrar de noche en la facultad para retratar los cuerpos en formol tan vacíos de vida, pero nunca antes la escena había sido tan real. En cualquier levantamiento de cadáver de los que había podido presenciar no le estaba permitido mover un cabello siquiera antes de que se practicase la autopsia. Se limitaba a fotografiar la escena sin que se pudiera percibir diferencia alguna con otra fotografía de prensa al azar. Aquel viernes se presentó diferente; era el principio del resto de su vida.

*         *          *

Las semanas siguientes no habían transcurrido indiferentes a los sucesos acaecidos. Los medios de comunicación nacionales se habían hecho eco del terrible asesinato: –Aparece el cuerpo de una mujer sin vida en la calle sin cabeza ni brazos –escribían unos–. ¡La Venus real! –titulaban otros. La noticia había corrido como la pólvora en las redes sociales y las cabezas de políticos de turno y protagonistas del corazón aparecían de inmediato sobre el cuerpo de la víctima en todo tipo de fotomontaje. Todo parecía como si se hubiera convertido en objeto de burla. La siguiente víctima prometía sin embargo una reacción más prudente. Ya era viernes de nuevo.
El tren de las nueve y media llegaba con siete minutos de retraso. Un anciano con pantalones de pana verdes y chaqueta marrón de paño se presentaba como elección idónea. Haría más ruido un debate sobre el peligro que acechaba a los mayores indefensos; sin embargo a los pocos pasos de salir de la estación una niña se le abalanzó seguida de la que parecía ser su madre. Ligunod se estaba lamentando de su mala suerte cuando de repente escuchó la voz de un joven: <<Scusi, dov’è la piazza del Ayuntiamento?>>. Minutos más tarde su cuerpo descansaba ignorante en la parte trasera de un taxi dirección a una muerte segura.
Sobre una pared blanca se proyectaba de cerca la luz de un intenso foco, quedando una sombra casi negra alrededor del círculo iluminado. Tres enormes ganchos sobresalían de la pared formando un triángulo isósceles invertido y un letrero sobre una tablilla de madera coronaba simétricamente el espacio. <<INRI>> podía leerse en él. Ligunod alzó el tronco del cuerpo y lo colgó sobre los ganchos, encendió su cámara y tomó de nuevo una sola fotografía.
A la mañana siguiente la Gran Vía Ramón y Cajal en dirección hacia el centro de la ciudad amanecía cortada. Cada quince metros exactos se habían ido encontrando los restos del cuerpo de un varón de unos veinte años; cabeza, manos y brazos, piernas y pies, pero sin rastro alguno del tronco. Rápidamente todos asociaron el asesinato con el que había sucedido justo un mes antes. No apareció ninguna broma al respecto en las redes sociales. Se respiraba un ambiente de preocupación constante; madres y padres alarmados prohibían a sus hijos salir de noche; pocos eran los comerciantes que se atrevían a cerrar sus establecimientos sin estar acompañados; los negocios nocturnos comenzaban a resentirse y todos desconfiaban de cualquier desconocido. Las autoridades policiales proseguían una búsqueda arbitraria después de haber analizado a las dos víctimas. No tenían ningún punto en común más allá de haber estado un viernes primero de mes en el lugar equivocado. De nada les servía cotejar las pocas pruebas existentes. Las disecciones se habían realizado con un serrucho y los extremos cosidos con precisión con hilo de sutura y limpiados con alcohol etílico. En el varón se hallaron restos de cloroformo en boca y nariz. La mujer se dirigía a su casa como cada día de lunes a viernes después de trabajar. El varón era un joven turista de nacionalidad italiana. El criminal posiblemente dormía a sus víctimas con cloroformo y las llevaba a algún lugar cerrado donde poder cometer los asesinatos. Ninguna pista significativa.
Ligunod acostumbraba a revelar sus fotografías en la misma tienda desde hacía años. Animales de laboratorio, muertos en féretros y algún que otro cuerpo cosido por todas partes formaban el elenco particular de su obra; ahora el cambio había sido sustancial y posiblemente se vería obligado a cambiar de tienda. Le gustaba cómo trabajaba aquel viejo. Las impresiones de sus fotografías en 50 x 70 cm. eran lo mejor que había visto en la ciudad además de gozar de pequeños descuentos. Temía que pudiera descubrirle después de las coincidencias entre las partes que faltaban en las víctimas y las que se habían fotografiado. Era cuestión de tiempo que relacionara cada parte y entonces tendría que asesinarle necesariamente; pero él no era un asesino, sino un artista. Fue a recoger su último encargo y despedirse.
–Hola viejo amigo –dijo el viejo–. Veo que has mejorado mucho.
–Gracias, es un halago viniendo de un profesional como tú –contestó.
–Ahora mismo te saco lo tuyo; he de preguntarte antes de que te vayas algo muy importante. Espérame que saque las fotografías y te lo comento –dijo.
Ligunod comenzó a inquietarse; sus pulsaciones se aceleraban a medida que respiraba cada vez más rápido. Debía serenarse y decidir qué hacer con aquella situación que se le estaba escapando de las manos. Sin lugar a dudas el viejo intuía algo y su libertad corría peligro. No tenía su mochila ni ninguno de los instrumentos que allí guardaba. Debería abalanzarse sobre el viejo y luchar cuerpo a cuerpo.
–Una exposición –dijo.
–¿Cómo? –preguntó Ligunod extrañado.
–Tengo un colega que maneja diferentes exposiciones en la ciudad. En tres meses coordina una exposición de fotografía en la Estación del Norte. Creo que andaba buscando nuevos talentos y sin duda tú podrías exponer si tuvieras alguna más de estas –dijo.
–¿Cuántas necesitas? –preguntó exultante Ligunod.
–Veo que te dejas seducir rápidamente –bromeó–; con tres más será suficiente. Es una exposición colectiva; se suelen presentar cinco obras de cada autor como máximo; si el espacio no lo permite luego podemos eliminar alguna.
–Que así sea. En tres meses tendrás las cinco –concluyó.
Ligunod no podía creerlo. En tres meses estaría exponiendo en el origen de su obra, la estación de tren donde escogía a sus víctimas. Toda obra de arte precisaba del público y la suya siempre se había quedado escondida. Era la oportunidad de su vida y la culminación de un trabajo perfecto.

*          *          *

Se había dejado embaucar por la astucia del viejo. No sabía ni tan siquiera el nombre del encargado de la exposición ni cómo le presentaría sus obras o si tendría su aprobación final. Tal vez el viejo había descubierto de quién se trataba y le había delatado a la policía, pero no tenía sentido haber esperado tres meses y que hubiera ahora tres víctimas más. Fuera lo que fuere las cartas estaban echadas y en el caso de haberle descubierto uno de los dos debía caer. Cogió su mochila y se subió a un autobús en dirección a la tienda de revelados. <<El asesino de la estación>> pudo leer en el periódico que sujetaba el caballero sentado junto a él. <<Tras cinco asesinatos la policía centra su atención en la Estación del Norte>>. Cómo habían podido llegar tan rápido al origen de sus víctimas; solo el viejo podía haber atado cabos a partir de las fotografías. Conocer con certeza qué estaba sucediendo era cuestión de unos pocos minutos. Bajó del autobús en Gran Vía Marqués del Turia y se dirigió a la tienda. Eran las siete de la tarde. El viejo había cerrado y le estaba esperando fuera; llevaba en la mano un sobre enorme que debía contener los revelados.
–¿Cierras tan pronto? –preguntó Ligunod.
–La ocasión lo merece; aquí tienes tu obra. He quedado con mi colega en casa para tomar una copa y así podemos charlar tranquilamente, comentáis pareceres, compartís opiniones y demás –contestó.
Ligunod sabía de sobra que aquello era una encerrona. Una vez estuviera en su casa ya no tendría escapatoria y la policía llegaría de un momento a otro; podía escapar pero posiblemente ya le estaban siguiendo desde que salió del piso alquilado. Pero ¿y si estuviera en un error?, ¿si en efecto la exposición diera comienzo la siguiente semana? Solo había un modo de comprobarlo.
–Perfecto –dijo–; te agradezco mucho todas las molestias que te estás tomando conmigo.
–No has de agradecer nada –replicó el viejo–, si lo hago es porque hay algo en tu fotografía que merece ser visto por el público. Determinadas disciplinas artísticas llevan consigo desde sus inicios el cuestionamiento sobre si pueden ser consideradas como arte –prosiguió–; cuando observo tu obra no me cabe duda de ello. Te auguro una vida llena de éxito.
–Gracias de veras –dijo–, en este mundo cuesta en exceso encontrar un apoyo que te abra el camino.  Es demasiado fácil rendirse.
Siguieron hablando hasta que llegaron a casa del viejo y sin esperar a su colega entraron. <<Pasemos; me ha comentado que tal vez se retrasaría; mejor esperarle sentado y tomando algo que aquí fuera –dijo el viejo>>. En efecto, tal y como temía Ligunod, no vendría ningún colega. Estaban los dos solos y el viejo estaba hablando ahora por teléfono, probablemente con la policía que de un momento a otro aparecería por la puerta. Cuando colgó el teléfono el viejo salió con dos copas y una botella de vino. Le sirvió una a su invitado y cuando se disponía a llenarse la suya Ligunod sacó un bisturí de la mochila e intentó rasgarle la cara.
–¡Espera! –gritó el viejo.
Se llenó su copa de vino, dejó la botella sobre la mesa y se sentó en el blanco sillón que presidía la estancia; observó el vino a través de la copa mientras movía la mano lentamente y se lo bebió todo de un trago.
–No bebas –dijo–, está envenenado. La próxima semana, tal y como te dije, expondrás en la Estación del Norte. Envié ayer tus fotografías pero llevan todas mi nombre. He llamado a la policía y en apenas diez minutos estarán aquí, tiempo suficiente para que haga efecto el veneno, quedes como el gran salvador de esta ciudad y yo como el asesino de la estación, el artista incomprendido. Tu obra es ahora mía.

*          *          *

La estación estaba repleta de gente; medios de cada rincón del país habían venido a dar testimonio de la obra maldita de un asesino. Nadie hacía caso a los otros cuatro autores expuestos, solo querían comprobar cómo se habían retratado todas y cada una de las partes que faltaban en los cuerpos encontrados. Se asombraban ante las escenas dantescas y en contra de huir espantados se sentían irremediablemente atraídos hacia la belleza de una muerte que algún día les iba a llegar.
Muerto el asesino y encontrado el móvil de los asesinatos nadie parecía preguntar acerca de las partes que faltaban en los cuerpos. Ligunod se marchó cabizbajo hacia el piso alquilado. Le habían robado su obra y en menos de un día había vuelto al anonimato que lo apresaba desde niño. Cogió los frascos que contenían los restos mutilados bañados en formol y los colocó en “orden necrológico” sobre la mesa del comedor; sacó la cámara y el trípode y tomó una única foto. La luz era suficiente y el cristal y el agua servírían de lupa para aumentar el tamaño de los restos y garantizar así una buena visibilidad. Abrió el correo electrónico, adjuntó la imagen y la envió a todos los medios nacionales bajo el título <<El artista sigue vivo>>.  Y salió por la puerta camino a cualquier parte, a cualquier estación.


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